martes, 15 de marzo de 2011

Las Negritas Puloy: Tradición del Carnaval de Barranquilla

Muchos disfraces desaparecen con el tiempo y luego son revividos por hombres y mujeres que los añoran, entonces toman más fuerza, se multiplican las personas que lo usan, ganan premios y son inspiradores de aretes, collares y suvenires.

Eso fue lo que pasó con el de la Negrita Puloy, que surgió como disfraz individual en la década de los 60, inspirado en una publicidad de un detergente venezolano que también llevaba el mismo nombre: Puloy.

A comienzos de esa década, en el Carnaval de Barranquilla, el disfraz lo usaban muchas personas, pero cuando ya estaban llegando los 70, este casi había desaparecido. Sin embargo por muchos años se mantendría en la memoria de personas como Natividad López de Altamar, la suegra de Isabel Muñoz Vásquez.

“Ella fue la que me dijo que rescatáramos las negritas y armáramos una comparsa. Eso fue en 1983, cuando yo venía desanimada de la Batalla de Flores porque no había participado en el espectáculo sino que simplemente fui como observadora y la experiencia fue negativa porque yo estaba acostumbrada a salir en grupos folclóricos. Desde los 14 años pertenecí a la Cumbiamba El Cañonazo”, relata Isabel Muñoz.

Para bien de las fiestas, Isabel Muñoz le hizo caso a su suegra y en 1984 la comparsa “Las Negritas Puloy del barrio Montecristo”, integrada por 20 mujeres, participó en todos los desfiles. Eran las vecinas, hermanas y tías de Isabel.

27 años después, la comparsa la conforman 80 mujeres que son identificadas porque se visten con una trusa manga larga en licra negra que simula la piel, un vestido corto y coqueto en tela de bolitas blancas y fondo rojo, medias veladas negras, zapatos de tacones, collares y candongas de colores negro, blanco y rojo; un lazo elaborado con la misma tela del vestido y una peluca tipo afro de color negra. Además porque son alegres y coquetonas y mueven sus caderas, sus hombros y sus piernas al son del fandango y el porro.

Isabel dice que en su comparsa se pone en práctica que en el Carnaval de Barranquilla desaparecen las clases sociales y que no importa la edad física sino el entusiasmo. Lo primero lo dice porque algunas de sus bailarinas viven en sectores populares como Las Palmas, pero también en barrios de clase media como Boston y El Prado y lo segundo porque sus integrantes tienen desde cinco años hasta 60.

Esta mujer luchadora, comerciante y que ama el Carnaval con todas las fuerzas de su corazón cuenta que el disfraz tuvo varias modificaciones cuando ella decidió retomarlo. Escogió la tela de fondo rojo y bolas blancas, le puso lazos a las mujeres y últimamente la peluca de afro.

“Durante varios años, a las Negritas Puloys no les veían el rostro porque usaban una máscara que le cubría toda la cabeza. Era de tela y tenía pintados los labios de color rojo y unos grandes ojos, pero la gente creía que se trataba de homosexuales así que decidí quitársela. Además inicialmente las bolas eran pequeñitas y ahora son de tamaño regular”, dice.

Enfatiza que también durante ocho años, ella le hizo un homenaje a las palenqueras vendedoras de bollos, dulces y frutas, que llevan una ponchera sobre su cabeza y que van caminando calles enteras de la ciudad ofreciendo sus productos.

Pero en los últimos años el disfraz se estilizó. Hace cuatro años dejaron las poncheras por hermosos paraguas adornados de flores y este año desfilarán no con este objeto sino con abanicos.

La comparsa ha ido creciendo en número y ha evolucionado, pero estuvo a punto de desaparecer cuando Isabel Muñoz sufrió un accidente. Un vehículo la atropelló y le partió en varios pedazos su pie izquierdo. La recuperación se tomó tres años, tiempo en el que ella le tocó andar en silla de rueda. Su hermana Martha Muñoz se convirtió, entonces en su mano derecha y era la que llevaba la comparsa a los desfiles mientras Isabel se quedaba muy triste en su casa. El accidente fue en 2006 y solo en el año 2009 pudo volver a los desfiles esta vez subida en una bicitaxi. Este año hará lo mismo.

Isabel reconoce que sostener el proyecto ha sido difícil porque no tienen una empresa que les financie por lo que les toca organizar rifas y bazares. También reciben un aporte de la Fundación Carnaval de Barranquilla y de la Fundación Adopte la Tradición que les regala los 300 metros de tela roja, aunque el vestido lleva además malín, organza y tela de lentejuelas.

“Vestir a una bailarina cuesta 300 mil pesos y 24 millones de pesos el vestuario de las 80 integrantes, así que imagínese todo el esfuerzo que tenemos que hacer para conseguir el dinero. Estamos trabajando todo el año en función de esos recursos porque además hay que pagarle a la papayera, el transporte y los refrigerios”, dice.

Pero Isabel también trabaja todos los días porque el grupo crezca. Su sueño es que por lo menos la comparsa tenga 200 bailarinas con un hada madrina que con su varita mágica las vista hasta las doce de la noche del martes de Carnaval.

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